23/6/17

Pequeña grieta y confluencias en la gran ciudad


La  Ciudad de México es una ciudad hermosa y brutal. Una sensación post-apocalíptica aflora en su exhuberancia imposible; un hábitat colapsado que continua existiendo como por milagro y que alberga un montón de criaturas disímiles y sueños imposibles. Hecha de confluencias contradictorias, suele ser el escenario de sorpresas minúsculas y de misterios que afloran como grietas en las paredes.

Uno de esos me sorprendió en la tarde casi bajando del metro. Un señor había estado recitando en voz apenas audible una reflexión sobre la necesaria fidelidad de los hijos a los padres. Esta clase de discursos, que contienen lecciones morales e invocan con frecuencia a Dios y la virgen, ocupan un capítulo destacado en la producción del ejército de desempleados que ocupan el metro para hacer un poco de dinero recitando poemas, cantando o dando consejos. Como suelen hacer casi todos, también este señor explicó, al concluir, que aunque tenía todavía fuerzas para trabajar, estaba sin trabajo y que acudía a los presentes esperando que hubieran disfrutado de su reflexión y agradeciendo cualquier ayuda que pudieran darle.  Y a continuación, pasó a la segunda parte de su recital, esta vez con voz grave y profunda:

“Cultivo una rosa blanca
En julio como en enero
Para el amigo sincero
Que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
El corazón con que vivo
Cardo ni oruga cultivo
Cultivo una rosa blanca.“

Este poema de Martí, si no el primero sí el más recurrente de los que se aprenden en Cuba sonaba, declamado en el metro de Ciudad México por un señor sin trabajo a una multitud más o menos apática, como una aparición inverosímil. Por un momento, su voz hizo confluir recuerdos lejanos y catástrofes presentes; y la isla ausente pareció hilvanarse con el caos de la metrópoli. Y también pareció profundamente anacrónica, dislocada de tiempo, de lugar y de ánimo. Incluso como confluencia, habitar la suma de los desatinos cotidianos exige pensar que el mundo necesita, más que rosas blancas, "una carga para matar bribones".  

A la luz de esa imagen casi llegó a parecerme inútil el mensaje de aquella aparición inesperada cuando comprendí -ocupada ya en darle algo de dinero al señor a tiempo todavía de bajar en la estación siguiente- que había un sentido en el suceso. Supe que lo que hilvanó esa voz en medio del caos contenía una advertencia, o quizás un simple recordatorio; uno capaz de remediar cualquier anacronismo. Orquestado por manos invisibles y hecho tangible a través de una voz desconocida, venía a recordar que cualquier carga "para matar bribones" resultaría inútil sin el gesto desapegado del cultivador impecable, sembrando por igual para amigos y enemigos. Incluso en medio de la contienda, sometidos ya a sus designios es todavía posible, y deseable, no albergar odios inútiles. Y ese, era un recordatorio que valía la pena llevarse a casa.

Hilda Landrove

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