30/12/12

“Sueño o Vigilia“

Imagen: “Mayapapalotl“, por Maria Villares

Carlos tenía una gran habilidad para conducir las conversaciones hacia el lado práctico. A pesar de la extraordinaria agudeza de su intelecto, le repugnaba que sus charlas derivasen al plano de las especulaciones. Muchas veces pude atestiguar el modo ingenioso y rotundo con que se deshacía de los interlocutores más rígidos, enfrentándolos al tema de los resultados. En mi caso, su método para acallar mis ataques de raciocinio era reducirlo todo a una proposición inmediata y, según él, nada difícil: el control de los sueños. Sin embargo, el ensueño era para mí el aspecto más duro de su enseñanza. En primer lugar, porque no podía diferenciar entre los conceptos de "sueño" y "ensueño", que para un brujo son completamente diferentes. En segundo, porque la idea de enfrascar mi atención en el dormir, en lugar de hacerlo en el despertar, era contraria a todo lo que había aprendido en mi búsqueda filosófica. Ambas consideraciones, completamente apresuradas, hacían que esquivase el ensueño, sin proponérmelo jamás como una posibilidad auténtica y al alcance de mi mano. Siempre que le escuchaba hablar de ese asunto, me llenaba de aprensión y me justificaba aduciendo para mis adentros que un tópico tan irracional, ni siquiera valía la pena analizarlo. 

Esa tarde me preguntó cómo andaba mi práctica. Le confesé que mis prejuicios me habían impedido enfrentarla con decisión y, por supuesto, no había obtenido ningún resultado positivo. Comentó: "Quizás no has tenido buena suerte. Mi maestro decía que cada ser humano trae su propensión de nacimiento. No todos somos buenos  ensoñadores, algunos tenemos mayor facilidad para el acecho. Lo importante es que insistas." Pero sus palabras no me consolaron. Comencé a explicarle que mi incredulidad parecía más bien consecuencia de algún bloqueo mental implantado en mi más temprana infancia. El no me dejó terminar; haciendo un gesto imperativo con la mano, replicó: "No has hecho lo suficiente. Si te haces el propósito de no comer o no pronunciar una sola palabra hasta que ensueñes, ¡ya verás lo que pasa! Algo en tu interior se ablanda, el diálogo cede y... ¡cabum!." "Ten en cuenta que, para ti, ensoñar no es una opción, es algo básico. Si no lo consigues no puedes continuar en el camino." Alarmado con estas palabras, le pregunté: "Pero, ¿qué tengo que hacer para lograrlo?" "¡Querer hacerlo! -me respondió-. Es tan simple como eso. Estás exagerando la dificultad del ejercicio. El ensueño está abierto a todo el mundo, pues, en su grado inicial, apenas requiere el mínimo de deliberación que hace falta para aprender a escribir a máquina o a conducir un auto." Le comenté que se me hacía muy difícil entender cómo puede el manejo de los sueños llevarnos al despertar interno. El observó: "Te confundes con las palabras. Cuando los brujos hablan de soñar y despertar, esos términos no tienen nada que ver con los estados fisiológicos que tú conoces. Yo no tengo más remedio que usar tu lenguaje, porque de otro modo no me entenderías. Pero si tú no pones de tu parte, dejando de lado los significados cotidianos y tratando de penetrar en el sentido de lo que te digo, entonces nunca vas a salir de tu estado de suspicacia." "Sólo te puedo garantizar que, una vez que deseches la flojera que te impide enfrentar ese reto y acometas el ensueño directamente, sin titubeos, tu enredo mental se aclarará por sí mismo." Me disculpé por mi terquedad y le pedí que me dilucidase nuevamente el significado del ensueño. En lugar de enfrascarse en una explicación teórica, que era lo que yo deseaba, Carlos me puso un símil. "Imagínate un creyente empedernido, de esos que no pueden hacer nada sin pedirle antes permiso a su dios. Una vez que se duerme, ¿qué es lo que pasa con sus convicciones, a dónde van?." No supe qué responderle. El continuó:"Se apagan, como la llama de una vela al viento. En el sueño no eres dueño de ti. Tus visiones son burbujas aisladas, sin conexiones entre sí y sin recuerdo del yo. Por supuesto, la fuerza de la costumbre te llevará casi siempre a soñar que eres tú mismo, pero igual puedes ser un valiente que un cobarde, joven o viejo, hombre o mujer. En verdad, eres sólo un punto de encaje que se mueve al azar, nada personal." "Para el hombre común, la diferencia entre estar despiertos y dormir es que en el primer estado su atención fluye con continuidad, y en el segundo, en forma desordenada; pero, en ambas experiencias, el grado de participación de la voluntad es mínimo. La persona despierta ahí, donde siempre, se pone su personalidad como una camisa y sale a cumplir con sus tareas de rutina. Y al dormirse se desconecta de nuevo, porque no sabe que puede hacer otra cosa." 


"La vigilia cotidiana no nos deja lugar para detenernos y preguntarnos si este mundo que estamos percibiendo ahora es tan real como parece. Y lo mismo cabe decir del sueño ordinario; mientras dura, lo aceptamos como un hecho indiscutible, nunca nos proponemos recordar dentro del sueño alguna orden o acuerdo pactado en la vigilia." "Pero existe otro modo de encauzar la atención, y a su resultado ya no podemos llamarle 'sueño' o 'vigilia', porque parte de un uso deliberado del intento. Lo que ocurre ahí es una toma de conciencia, y da igual que estemos dormidos o despiertos, porque es algo que trasciende ambos estados. ¡Ese es el verdadero despertar: adueñarnos de nuestra atención!." "La enseñanza tolteca enfatiza el ensueño. No importa cómo se le describa, su resultado es convertir el caos perceptivo de un sueño común en un espacio práctico, donde podemos actuar inteligentemente." "¿Un espacio práctico?" "Así es. Un ensoñador se recuerda a sí mismo en cualquier circunstancia. Siempre tiene una contraseña a mano, un pacto con su voluntad que le permite alinear en un microsegundo el intento del guerrero. Puede sostener su visión, sea la que sea, y regresar a ella cuantas veces quiera para explorarla y analizarla. Y lo que es mejor, puede darse cita en esa visión con otros guerreros; eso es lo que los brujos llaman 'acechar en el ensueño'." "Esta técnica nos permite proponernos objetivos y dar seguimiento a los actos, tal como lo hacemos en el mundo cotidiano. Podemos resolver problemas y aprender cosas. Lo que aprendes allí es coherente, funciona. Quizás no puedas explicar cómo te llegó ese conocimiento, pero ya no lo olvidas." Le pregunté a qué tipo de conocimiento se refería. Me respondió: "La vida se aprende viviéndola. Lo mismo pasa en el sueño, sólo que ahí aprendemos a ensoñar. Pero, por el camino, se nos pegan a veces otras habilidades. Don Juan, por ejemplo, solía usar su cuerpo de ensueño para buscar tesoros ocultos, cosas enterradas de cuando la guerra. El producto de esas operaciones lo invertía en diversos rubros, como petróleo, plantaciones de tabaco..." Debí reflejar en mi rostro un gran asombro mezclado de incredulidad, porque él exclamó: "¡No es tan extraordinario! Todos podemos realizar hazañas semejantes; ¡ni siquiera es difícil comprender cómo sucede! Imagina que alguien te enseña un idioma nuevo mientras duermes, el resultado es que aprendes esa lengua y puedes recordarla cuando despiertes. Del mismo modo, si atestiguas algo en ese estado, tal como un objeto perdido o un evento que esté ocurriendo en otro lado, puedes ir y verificarlo después; si es tal como lo soñaste, entonces fue un ensueño." "El aprendizaje dentro del sueño es un recurso muy usado por los brujos. Yo aprendí mucho de plantas en esa forma y aun lo recuerdo todo." "No menosprecies tus recursos. Todo lo que el espíritu ha puesto en nosotros tiene un sentido trascendente. Eso significa que los sueños están ahí para ser usados; si no fuera así, no existirían. Las técnicas que te he descrito no son  especulativas, las he comprobado personalmente. El arte del ensueño es mi mensaje a la gente, ¡pero nadie me hace caso!." Al percibir el tono de tristeza con que Carlos hizo esta última observación, de pronto se me hizo patente la insoportable timidez de mi imaginación. Durante años, incansablemente, él nos había estimulado para que acrecentásemos nuestra visión, no por un interés egoísta, sino por el placer de transmitirnos su estado superior de conciencia. ¡Y yo, regodeándome en mis creencias de trasmano y mis dudas habituales!. Quise solidarizarme con él. Me levanté de la banca con la intención de apretar su mano, agradecido. Estaba a punto de prometerle algo, pero él me detuvo. "Mejor no digas nada, ¡no pierdas tu tiempo! Quizá no sea tu destino el ser un brillante guerrero volador, pero no tienes excusa. Como todos, tú también estás espléndidamente habilitado para ensoñar. Si no lo consigues es porque no quieres." 

Extracto del Libro: Encuentros con el nagual. Conversaciones con Carlos Castaneda, de Armando Torres.

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