6/10/11

Objetividad y subjetividad en la ciencia

Fotografía © María Villares

Filosofía de las ciencias y el cambio de racionalidad: las perspectivas para el conocimiento científico en la contemporaneidad Por Mauricio Abdalla

“Es grande nuestro mal humor cuando vienen a contradecir nuestros conocimientos primarios, cuando quieren revolver en el tesoro pueril obtenido por nuestro esfuerzo escolar! Y cómo luego acusado de desprecio y fatuidad quien duda del don de observación de los antiguos!“

Gastón Bachelard

Parte I

¿Por qué conceptos como “amor”, “solidaridad”, “cooperación” y “altruismo” no forman parte del vocabulario científico o, al menos, no son utilizados como conceptos claves en la explicación de la Naturaleza? ¿Por qué tales conceptos se enfrentan a una cierta resistencia incluso en las ciencias sociales? Algunas de las respuestas más comunes a esta preguntas son: “porque no son conceptos racionales”; “porque se refieren a sentimientos y no son propiamente conceptos con carácter de objetividad”; “porque son principios subjetivos y están relacionados con una visión romántica, y no científica, de la Naturaleza y de los seres humanos”.

Desde el nacimiento de la ciencia moderna, ha prevalecido el discurso de que todo lo que no estuviese relacionado con las características cuantitativas de los objetos o que no fuese directamente relacionado con la observación rigurosa de la Naturaleza debería ser excluido de la ciencia. Así, se creó la idea de un pensamiento puramente racional y objetivo, que se convirtió en la meta de todas las ciencias. Un pensamiento verdaderamente científico debería ser aséptico: la racionalidad y la objetividad sólo serían expresadas en un pensamiento libre de las contaminaciones de cualidades, principios subjetivos, sentimientos e ideologías y sólidamente basado sólo en la experiencia, en la razón objetiva y en el cálculo. Por ello, todas las ideas mencionadas arriba estaría, ipso facto, excluidas de la ciencia por no pertenecer al ámbito de la objetividad, del cálculo racional o de la experiencia.



Podríamos, sin embargo, preguntar: si amor, solidaridad, cooperación y altruismo son solamente sentimientos y sirven sólo para una elaboración romántica y no científica sobre el mundo, ¿qué decir de los contrarios? Obviamente, el antónimo de un sentimiento no puede ser otra cosa que un sentimiento contrario. Por tanto, el opuesto de un sentimiento es también un sentimiento y, de esta forma, en el caso de que la historia del párrafo anterior fuese verdadera, la ciencia moderna debería rechazarlos tanto como rechaza los que cité en el inicio. Así, tendríamos que conceptos como odio, lucha individualista por la supervivencia, competición y egoísmo no deberían formar parte del vocabulario científico o, al menos, no deberían ser utilizados como conceptos claves en la explicación de la Naturaleza.

El problema es que entre el ideal de ciencia (principalmente el ideal positivista) y la ciencia real existe una gran diferencia y la historia de las ciencias siempre se resiste a cualquier tentativa de encuadrarlas en una concepción basada en una racionalidad aséptica, libre de preconceptos, principios subjetivos, ideas metafísicas o concepciones sociales. En verdad, las ideas de racionalidad “pura” y objetividad fueron los mayores mitos que acompañaron a la ciencia en los últimos tres siglos, sólo desafiados por los debates epistemológicos que, iniciados en la década de 1930, ganaron fuerza en la segunda mitad del siglo XX.(NOTA 1) Y, como todos los mitos, estos no tienen sus correlatos en el mundo real, aunque sirvan para guiar, confortar y, muchas veces, falsear el mundo subjetivo de los que en ellos confían.

Si amor ha sido un concepto rechazado en las ciencias por ser sólo un sentimiento, su contrario, el odio, tiene un lugar garantizado en la galería científica de la sociología o de la politicología desde que Thomas Hobbes estableció su idea de que el hombre es el “predador” (el lobo) para el hombre (homo homini lupus). Dado que el ser humano no es antropófago, la predación no está basada en la necesidad natural de alimentarse de la presa, sino en la disputa por los medios de subsistencia que conduce a la especie humana a un estado de bellum omnium contra omnes (guerra de todos contra todos). Eso genera un sentimiento de odio “natural” entre los humanos que los llevaría a su eliminación caso de que no hubiera un Estado para frenar esos sentimientos y distribuir los bienes. La existencia del Estado, en la visión hobbesiana, sería una consecuencia del principio del odio entre los humanos.

Si solidaridad es considerada apenas un “slogan de ONG´s”, o un deseo de activistas políticos de izquierda, o incluso un sentimiento romántico, pero no realista – y por tanto, no científico -, ¿qué decir de la lucha por la supervivencia, que es exactamente su opuesto? La solidaridad es un sentimiento que vincula a las personas en un grupo en la busca de un fin común, donde cada uno se dispone a ayudar y apoyar al otro, aunque eso le cueste parte de sus ventajas individuales. La lucha por la supervivencia es un sentimiento que aísla a los individuos en la búsqueda de un fin individual (la propia supervivencia) y, en este caso, la derrota del otro es la meta a ser alcanzada y las ventajas de cada uno son capitalizadas para la victoria en la lucha. La lucha por la supervivencia fue elevada a concepto científico social con Thomas Malthus y coronada, también como principio de las ciencias naturales, con Charles Darwin.

La cooperación, a su vez, es constatada por la ciencia como un hecho en la Naturaleza y entre los humanos. Pero, dada su supuesta irracionalidad, no es tenida como principio –al contrario, para ser entendida, debe ser explicada como una estrategia dentro del juego “natural” de la competición (este sí, es tenido como racional y objetivo). Los científicos no se cansan de repetir que “la existencia de cooperación a gran escala entre humanos no emparentados es uno de los grandes enigmas de la biología” (ver Kurzban y Houser, 2005). Por tanto, la cooperación como hecho escondería, en verdad, una estrategia de competición o de acumulación de ventajas individuales. Herbert Spencer consagró el principio de competición en las ciencias sociales, proporcionándole un tratamiento conceptual “objetivo” a partir de su idea de “supervivencia del más apto” (survival of the fittest). Darwin, declarando seguir los pasos de Spencer (así como de Malthus), aplicó esta idea a la Naturaleza y, a partir de ahí, la competición dejó de ser una acción decidida por los humanos a partir de motivaciones subjetivas, como lo es la cooperación, para ser una ley de la Naturaleza. La cooperación sería apenas una forma disfrazada de concretar la competición natural. La cooperación sin intereses competitivos e individualistas pasó a ser un ideal romántico, inexistente e intangible. La competición se transformó en un principio científico.

A partir de esa base conceptual, el altruismo se torna también apenas un ideal patético, restringido muchas veces al discurso religioso o a las apelaciones humanistas de personas ingenuas, aunque de buena fe. El verdadero principio científico objetivo, extraído de una supuesta “ley natural” con base en la experiencia rigurosa y en el cálculo, sería su opuesto, el egoísmo. Su primera expresión científica fue aportada por Adam Smith, al afirmar que es del egoísmo del “panadero, del carnicero y del cervecero” del que obtenemos nuestro yantar. En las ciencias naturales, el responsable de la transformación del egoísmo en concepto científico “objetivo y racional” fue Richard Dawkins, transformación acogida sin mayores críticas por el discurso oficial de la biología.(NOTA 2)

Las consecuencias para la ciencia moderna de la transformación de esos sentimientos humanos caracterísiticos de un determinado modelo de sociedad en conceptos "científicos" los veremos en los próximos capítulos.

Mauricio Abdalla
Continúa en Parte II: Las verdades y la realidad
NOTAS:
(NOTA 1) Contribuyeron para el cuestionamiento de esos mitos la filosofía de Gastón Bachelard, la filosofía e historia de la ciencia de Alexandre Koyré, la crítica de Karl Popper al neopositivismo, y las reflexiones epistemológicas de Thomas Kuhn y Paul Feyerabend.

(NOTA 2) Ver en Jacquard (1989, cap. 9) como los sociobiólogos desenvuelven el raciocinio (siempre usando el cálculo matemático) para resolver la “paradoja” del altruismo.

4 comentarios:

  1. Vaya, 0 resonancias. Te cuelgo la mía así rompo el hielo. Lo peor y màs triste de esa creencia es que haya caído como un cáncer sobre el campo de las artes... lo cual ha sido absorbido por el mercado llamado "oficial" (desde la poesía pasando por la plástica y acabando en el cine) en pro de una ideología nihilista y desesperanzadora que convierte al artista en el típico maldito hacedor de obra vacía y fría, sin corazón. Porque, como bien insinúas, aquí lo que sobra es el corazón, todo lo que se espera es que haya un cerebrito capaz de controlar el mundo según el paradigma racionalista. Menuda perturbación percepcional nos han vendido, con esto de que si hablas de amor y solidaridad puede que incluso hasta seas religiosa o fascista. Lo bien que se lo monta esta gente para hacernos creer que somos listísimos por usar sólo el cerebro y vivir acosados por bubones y somatizaciones de todo tipo, abrazando con gusto la cruz del racionalismo más rancio, no tiene parangón.

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  2. Si, kosmonauta, es curioso cómo el frío pensamiento racional se ha abstraído a sí mismo de la percepción de modo tal que llega a ser una cosa separada y superior... como si la realidad fuera una hormiga y el pensamiento el hombre, quien la mira creyendo tener el poder de conocer su misterio.

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  3. Esa creencia en cierto "poder" me provoca una mezcla de pena, rabia y desesperanza.

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  4. Ciertamente da una sensación de impotencia el saber con qué parámetros se rige el mundo y ver esa inmensa mayoría de seres dormidos que piensan que si todo es así es porque no puede ser de otra manera...Pero quizá no hay necesidad de intentar hacer nada con los otros (quiero decir, intentar cambiarlos) sino mantenernos concentrados en nuestra propia consciencia intentando abrir nuestra percepción más allá de todos los condicionamientos, y esta energía que generemos por sí sola se transmitirá y será como una fuente...Por tanto la rabia y la desesperanza no deben ser sentimientos que alimentemos sino la certeza de un continuo intento de luz...

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