6/10/11

La creación de la "realidad empírica"

Fotografía © María Villares
Parte IV de  Filosofía de las ciencias y el cambio de racionalidad por Mauricio Abdalla
Viene de
Parte III: La historicidad de la ciencia

En el caso de los principios subjetivos a los que me referí anteriormente y que han pasado a formar parte del discurso científico de las ciencias naturales y sociales, acontece un proceso curioso. Primero se transforman algunos elementos de la subjetividad humana en verdades científicas y después se cree en que la realidad es así. Una vez creído que la realidad es así, se afirma que tales principios subjetivos (odio, lucha por la supervivencia, competición y egoísmo) son extraídos de la realidad. Una suposición se convierte en una presuposición. Así, la ciencia queda ciega para cualquier manifestación de amor, solidaridad, cooperación y altruismo que pueda existir entre los humanos o en la Naturaleza.

Si la hembra de un pájaro sacrifica su vida para salvar a su prole, eso se debe no a un comportamiento altruista, sino a una actitud egoísta de preservar sus genes en la prole. Si los seres humanos cooperan incluso entre los no emparentados, eso se debe a una estrategia competitiva que ofrece la oportunidad de ganancias individuales a menor costo con la táctica de la cooperación, etc. Ante fenómenos para los cuales no se consigue crear una explicación “verdadera”, existe todavía el subterfugio del silencio, de la desconsideración o del aplazamiento para el futuro (“un día será explicado”).


En las ciencias sociales, más específicamente en la economía, la identificación de las ideas liberales con la realidad en sí misma es tan fuerte que las políticas económicas fundadas en los principios neoliberales son calificadas por muchos de “realismo” económico, quedando la calificación de “idealismo”, “utopía”, “romanticismo”, etc., para las propuestas de políticas económicas fundadas en el bienestar del ser humano, en la distribución de los bienes y en la preservación del medio ambiente.

Pero ¿la presencia de esos sentimientos y principios subjetivos en la ciencia es realmente un problema? ¿Se trata realmente de una presuposición y no de elementos extraídos de la Naturaleza? ¿Ha habido de hecho una “transformación” de estos elementos en conceptos científicos? ¿O no serán el comportamiento real de la Naturaleza y de los hombres y sólo por eso pasaron a formar parte de la ciencia? Estas son otras cuestiones sobre las que debemos reflexionar.

Sugiero, en primer lugar, que nos hagamos otra pregunta: ¿por qué existe una extraña coincidencia entre los sentimientos tenidos como naturales en las ciencias y la concepción liberal del ser humano y de la sociedad? ¿Por qué la visión de la Naturaleza y del ser humano que muchos científicos adoptan es tan semejante o adecuada a los principios de la economía capitalista? ¿Será sólo una simple coincidencia? ¿O sería todavía, como defienden algunos, una especie de adecuación de la economía a las “leyes naturales”? ¿Tendrían razón los que pregonan que el capitalismo es el sistema más perfecto porque sigue las leyes naturales de la evolución?

En este punto de la discusión nuestra atención debe volverse hacia la subjetividad humana, más exactamente hacia el conjunto de factores que moldean nuestra conciencia en épocas históricas específicas y forman lo que yo llamo racionalidad. En un primer momento, afirmé que lo que la realidad es, depende de nuestra capacidad teórica y de la técnica para investigarla. Ahora debo de hacer otra afirmación: lo que la realidad es para nosotros depende también de la conformación de nuestra estructura subjetiva. Cada elemento de la realidad es visto a partir de una estructura mental y sólo tienen su sentido a partir de la vinculación de los datos de la experiencia con una totalidad subjetiva. La creencia de que vemos las cosas como son es otro mito que debemos cuestionar. Estamos eternamente “condenados” a ver el mundo a partir de una racionalidad construida históricamente en nuestras relaciones sociales. Esta es una conclusión relativamente reciente de la filosofía y de la teoría del conocimiento – y cada día más próxima a una aceptación general.(NOTA 1)

Si analizamos la historia de las ciencias comparándola con la historia de la sociedad humana, veremos que la relación entre el contexto económico, político, social y cultural es, por demás, estrecha. La historia revela un patrón de semejanzas que sólo confirma la proposición teórica de un conocimiento científico siempre históricamente determinado por una racionalidad. No quiero extenderme en los ejemplos, pero algunos nos serán útiles para dar una mejor comprensión de lo que se está afirmando aquí. Son ejemplos que refuerzan el cuestionamiento al mito de la “objetividad” en las ciencias y refuerzan la hipótesis, que será afirmada posteriormente, de la necesidad de una nueva ciencia para una nueva racionalidad.

Uno de los primeros y mayores modelos sistemáticos de la ciencia de occidente fue elaborado por Aristóteles. Mucho más conocido como filósofo, en una época en que el saber todavía no estaba dividido por disciplinas, Aristóteles presentó una obra que versaba sobre la Naturaleza en aspectos físicos y biológicos, todos basados en la observación. Analizando la influencia del pensamiento aristotélico en la Edad Media, el filósofo e Historiador de la ciencia Alexandre Koyré (1882-1964) afirma que el aristotelismo “es ciencia, antes que cualquier otra cosa, antes incluso de ser filosofía y, es por su valor de saber científico y no por su parentesco con una actitud religiosa, por lo que ella se impone (...). No es el alma y sí el mundo lo que estudia –la física, las ciencias naturales (...). Tanto cuanto la filosofía del platónico está centrada en la noción de alma, la filosofía del aristotélico está centrada en la noción de naturaleza” (Koyré, 1991, p. 35-36).

La ciencia de Aristóteles, aunque apoyada en la observación y confirmada por el sentido común, poseía ciertas características que la convertían en estrechamente coherente con el mundo antiguo. La esclavitud, practicada en Grecia, era, para Aristóteles, una consecuencia del “orden natural” de las cosas. No se trata aquí de un caso en que un pensador posee una obra científica e, independientemente de ella, expresa opiniones sobre la sociedad. El propio pensamiento aristotélico y su comprensión de la Naturaleza llevan a la conclusión de la “naturalidad” de la esclavitud. En el análisis de Emile Bréhier (1876-1952), para Aristóteles,
“El esclavo es el instrumento vivo que no tiene otra voluntad que la de su señor y que no participa de la virtud moral; se volverán inútiles “cuando las lanzaderas se muevan por sí mismas”. Esta división de la Humanidad en señores y esclavos no es arbitraria ni violenta: la Naturaleza, subordinada al finalismo, crea, en los climas calientes de Asia, hombres de espíritu ingenioso y sutil, pero sin energía, que nacieron para esclavos. Sólo el clima templado de Grecia puede producir hombres al mismo tiempo inteligentes y enérgicos, libres por naturaleza y no por convención. En esta teoría que cuadra tan bien con el finalismo de Aristóteles, se percibe el eco de la lucha secular entre Grecia y los bárbaros y, tal vez, un intento de justificación de la gigantesca empresa de dominio universal de Grecia, emprendida entonces por Alejandro” (Bréhier, 1997, p. 200).
En la Alta Edad Media, el aristotelismo se convirtió en ciencia oficial, dada su capacidad de adecuarse a los fenómenos observados y, al mismo tiempo, su perfecto encaje en la estabilidad y en la jerarquización cualitativa del mundo feudal. Durante siglos, se interpretó la Naturaleza y el movimiento a la luz de la ciencia aristotélica.(NOTA 2)

La hegemonía del aristotelismo sólo comenzó a ser desafiada en el Siglo XVI. Curiosamente, ese siglo fue también el mismo en que comenzó a ser desafiada la hegemonía de la nobleza feudal por la (ya poderosa) burguesía en Europa. El período del Renacimiento fue un clamor por una nueva racionalidad, una vez que la dinámica de la sociedad mercantil no soportaba una mentalidad feudal. Las relaciones sociales cualitativamente determinadas (o sea, el poder y el status garantizado por la pertenencia a la nobleza) estaban siendo cuestionadas y, en su lugar, se defendían las relaciones sociales definidas por la cantidad (las posesiones y las riquezas de los mercaderes, banqueros y pequeños industriales).

Al mismo tiempo, la ciencia cualitativa aristotélica luchaba para mantener la hegemonía contra la nueva ciencia cuantitativa de Kepler y Galileo. Sorprendente coincidencia entre “contar dinero y contar el mundo”. Fue por obra de un gran mercader (Leonardo de Pisa, o Fibonacci – 1170-1250) que los números arábigos fueron traídos a occidente, sustituyendo a los romanos. En su primera obra, Liber Abaci, Fibonacci defiende la superioridad de los números arábigos a partir de su aplicación en contabilidad comercial, conversión de pesas y medidas, cálculo de porcentajes y cambio. No es preciso decir que una de las más poderosas herramientas de la ciencia moderna, incluso en los días actuales, ha sido la matemática. Otros puntos de convergencia entre los cambios subjetivos históricamente determinados y las elaboraciones de la ciencia podrían ser mencionadas aquí, como el individualismo metodológico cartesiano y el individualismo de las relaciones de trueque comercial, el mecanicismo de la física moderna y el mecanicismo del mercado, etc.

Es bueno esclarecer que la existencia de esos puntos de convergencia no desmerece las realizaciones científicas y no las convierte en “sospechosas” por haber expresado la racionalidad de una época. Y tampoco significa que los científicos modernos tengan conciencia de esa relación y la utilicen intencionadamente. Es en esa interacción de diálogo entre la subjetividad humana y la Naturaleza como se hace la ciencia, y no es posible que sea diferente. La caracterización de la ciencia como saber determinado históricamente sólo debe decepcionar a aquellos que todavía confían en el mito de la ciencia neutra y objetiva.

Mauricio Abdalla
Continúa en Parte V: La creación de la ciencia

(NOTA 1) Contribuyeron para eso, principalmente, el psicoanálisis freudiano, la filosofía del lenguaje de Wittgenstein, el concepto de episteme en Michel Foucault y de paradigma en Thomas Kuhn y la hermenéutica de Georg Gadamer. A pesar de Kant haber sido el primero a proponer los límites del conocimiento con relación a lo que la realidad es en sí misma, él creía que los elementos de la racionalidad eran fijos y compartidos por todos los seres humanos, posibilitando un conocimiento verdadero independiente de subjetividades determinadas.

(NOTA 2) No debemos considerar las caricaturas históricamente distorsionadas de la Edad Media como un período de “sombras”. La alta Edad Media fue un período de grandes debates intelectuales y de hombres interesados en la comprensión del mundo. La presencia de un cierto oscurantismo tanto en los medios intelectuales cuanto en el ejercicio del poder, si analizamos atentamente nuestra época actual, no son exclusividades del período medieval – y ni por eso impiden el avance del conocimiento.

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