12/4/11

Hombre y Naturaleza

Foto: María Villares
Camino arriba, camino abajo, uno y el mismo.
Heráclito de Éfeso


El hombre pertenece a la naturaleza, no es algo que esté fuera de esta, por tanto esta diferenciación es relativa solamente al conjunto de interacciones que se realizan entre el ser humano y todos los seres que pueblan este planeta, con respecto al espacio que compartimos. El estudio de esta convivencia es lo que llamamos Ecología, término compuesto por las palabras griegas oikos (casa, vivienda, hogar) y logos (estudio o tratado). Por ello Ecología es el estudio de los seres vivos, su ambiente, distribución y la relación entre ellos, lo que se puede entender como una biología de los ecosistemas.

El hombre es la especie con mayor capacidad transformadora de la Tierra, lo cual entraña los actos de creación y destrucción afines a su supervivencia. Al haberse concebido como una especie “superior“ al resto de los seres vivos, lleva siglos intentando someter todo lo que existe a sus intereses, y ve todo lo externo a su cuerpo físico como un simple recurso a ser utilizado. Esta concepción antropocéntrica viene dirigiendo nuestra civilización de forma marcada desde el renacimiento, donde la palabra “humanismo“ comenzó a ser vista como lo más sublime. No es difícil darse cuenta de que esto ha condicionado una postura discriminatoria con respecto al resto de los seres vivos, en tanto que “humanismo“ se refiere a todas las ideas y conceptos que engloban lo excelso del ente “hombre“, por encima de todas las criaturas vivientes.

Hoy en día, se hace necesario vislumbrar una concepción del hombre como ser consciente, responsable del mantenimiento y cuidado de su medio ambiente, en tanto que su inteligencia, conectada a la red noosférica, le permite obrar en vistas a garantizar la coexistencia  de todos los seres vivos que pueblan el planeta. Teniendo en cuenta esta visión, podemos desechar la palabra “humanismo“ y buscar una visión más integradora.

La consciencia por la que abogamos tiene más que ver con sentirnos parte de una infinita red interconectada de seres, donde todos colaboramos y cooperamos para propiciar una existencia armónica de la vida, prescindiendo de los viejos patrones de competitividad y lucha por la sobrevivencia que nos legó el obsoleto darwinismo.

Si pensamos la vida como una red, sólo podríamos hablar de co-evolución y esto significa no ver el proceso de forma lineal, de lo inferior a lo superior, sino como un viaje conjunto en el que nos vamos transformando y adaptando al unísono, no guiados por el motor de la competitividad sino por el de cooperación, no por el de la lucha sino por el de la integración. Y en este sentido la evolución sería un proceso de transformación y complejización compartido.

Estudios recientes del sistema inmunológico -antiguamente pensado como un sistema que permanece a la “defensiva“ para “reaccionar contra agentes externos“- han llegado a la conclusión de que este es en realidad una red que interactúa con el medio integrando en sí misma todo aquello con lo que se relaciona. Más que “reaccionar a la defensiva“, reintegra todo ello dentro de su propia identidad, equilibrando y manteniendo el funcionamiento óptimo de la red. (1)

Asimismo, las ideas evolutivas lineales que conciben los macro-organismos surgiendo de los micro-organismos como estados evolutivos superiores, son erradas si nos situamos en una perspectiva no-lineal o de red. En este caso, corroboramos las ancestrales cosmogonías que describían el microcosmos como parte integrante del macrocosmos y no como espacios separados. Lo micro y lo macro son sólo diferentes perspectivas de visión de la misma cosa. Lo macro es la visión desde adentro hacia fuera, y lo micro es desde afuera hacia dentro. Lo uno es inherente a lo otro, no son cosas separadas. Decir que un ser humano como un todo es algo superior a una de sus células, es una visión reducida. Si en cada célula está nuestro patrón de vida (ADN), entonces cada célula del hombre es su propia esencia, y es por tanto, la misma cosa, lo que varía es su grado de estructuración, siempre con respecto a una perspectiva de visión.

Es como si dijéramos que un árbol es un tronco, ramas y hojas. No estamos viendo, sin embargo, sus raíces, las cuales se irradian espacialmente bajo la tierra llegando a ser incluso más grandes que el propio árbol “visible“. Y el árbol es también una semilla, incluso esa flor potencialmente fecundable donde está vibrando su espíritu.

El humano insiste en interpretar el mundo sólo a partir de la apreciación visual de las cosas que le permite su limitada percepción, y luego elabora conceptos que justifiquen su interpretación, aún cuando sabemos que la luz visible es menos de un 5 % del espectro electromagnético. No podemos ver las ondas de radio ni los rayos X, ni los infrarrojos. No podemos ver el campo electromagnético de las cosas. Por ejemplo, pintamos un humano como una figura alargada con tronco, cabeza y miembros, cuando somos más bien, a nivel de energía, una esfera achatada con un campo electromagnético muy similar al de la tierra, lo cual podría describirse más bien como una especie de toroide atravesado por un espacio tubular.

La medicina tradicional china, lleva siglos curando a la gente a través de una concepción del cuerpo como una red de meridianos por donde fluye la energía, red que no coincide con ninguna estructura física puesto que se refiere a una energía no visible. Esta red energética está continuamente interactuando con todo, y está en equilibrio con su medio cuando los canales por donde fluye la energía no están obstruidos, es decir, cuando está abierta a dejarse atravesar por la energía de la vida en toda su plenitud. Esta medicina está basada en una concepción holística de la existencia, donde el ser humano es uno con su entorno, y todo lo que entra o sale de él no es sino ese fluido integrador que contiene todo y llamamos energía.

La práctica hindú del Yoga, plantea que el cuerpo humano está atravesado verticalmente por un eje central de energía llamado Sushuma, y otros dos llamados Ida y Pingala, que van serpenteando a través del Sushuma.  A lo largo de estos se distribuyen los chakras, que son ruedas o vórtices a través de los cuales nuestra energía se conecta con la energía universal. (2) Cuando los nadis Ida y Pingala están en equilibrio, la energía fluye libremente por el Sushuma y esto propicia que se despierte Kundalini, la serpiente que duerme en el chakra raíz, lo cual hace que nuestra consciencia se unifique con el todo, disolviendo la polaridad. De ahí que la palabra yoga, en sánscrito, signifique unión.

Lo que quiero decir con todo esto es que no tiene sentido aferrarnos a concepciones estrictamente materialistas de lo que somos, porque esto nos coloca en posturas que limitan la percepción. Nuestros estudios no deben basarse en pruebas visuales o físicas únicamente, porque somos mucho más que un simple cuerpo “separado“. Todo el que comprenda este punto, estará preparado para sumergirse más profundamente en el conocimiento, y participar de la revolución de la consciencia que está ocurriendo actualmente.

Las raíces de la dualidad

Para saber qué es lo que mantiene sumido al hombre en su ignorante postura de ser superior, separado de la naturaleza, habría que buscar en las raíces del Ego. Lo que el ego es, en sí mismo, viene del reconocimiento de la dualidad. Es la sensación de separación entre uno mismo y los demás, entre adentro y afuera, entre hombre y naturaleza, entre inferior y superior.

Habría que estudiar entonces cómo ocurre el proceso perceptual humano, cómo este se desarrolla. Existe la idea de que es a partir de la aparición del pensamiento abstracto (3) que comienza esta escisión. El lenguaje es capaz de re-presentar el mundo. Este comienza entonces a ser una proyección en la mente del hombre, el mundo como “la cosa pensada“. En cuanto el ser obtiene esta percepción, se identifica con “el ego que piensa“, por tanto, es algo separado de “lo pensado“.

Al descubrir esta facultad de re-presentar, el humano asume la función del demiurgo, y comienza a jugar con una intencionalidad transformadora dirigida por la mente. La dualidad nos sitúa en un campo de batalla. Aquí se puede entrever claramente la clave de lo que nos mantiene aprisionados en la dualidad. Tendemos a identificarnos con sólo una parte del todo, con la parte más activa, en función de nuestro aparato racional, que nos empuja hacia una lógica materialista.

Pero si concebimos el microcosmos como una proyección del macrocosmos, y viceversa, veremos que el modo en que interpretamos el mundo, no es el mundo en sí mismo sino una proyección nuestra. La dualidad no es la existencia de entes separados o las dos caras de una misma cosa sino una continua fluctuación.

Entonces tendríamos que llegar a asumir que la consciencia no es un atributo humano sino una función de un todo del que formamos parte. Nosotros no pensamos el mundo, sino que el mundo se piensa a sí mismo a través de nosotros. De cualquier modo, a esta función de auto-conocimiento no le es imprescindible el lenguaje puesto que los procesos racionales que discurren a través de este, no pueden alcanzar a comprender la unidad, al funcionar con un mecanismo de polarización.

Toda vez que conceptualizamos, estamos “fijando“ una realidad que no está de ningún modo fija. Decimos que una cosa “es“ cuando ya ha dejado de ser. El pensamiento es un proceso lineal y acumulativo, mientras que la realidad no lo es. Esta responde más a procesos de transformación cuyas estructuras están continuamente re-creándose en el vacío, en una fluctuante interacción, de modo que es imposible separar unas cosas de otras, sin mentir.

Si todo es una red interactiva en continua transformación, ¿cómo podríamos identificar una parte de esa red sin caer en una visión subjetiva? En este punto, la manera en que conceptualizamos “esa parte“ solo tendrá existencia con respecto a una circunstancia temporal y a un relativo punto de vista. Por ello toda descripción que podamos hacer de algo será solamente una abstracción, una representación subjetiva ajena a ese algo y por demás, estática, con respecto a la primera.

El río nunca es el mismo río. (4) No es una “cosa“, es un organismo vivo, compuesto de infinitos organismos. Es la configuración de un espacio donde conviven incontables seres. El río es el agua, es la electricidad, es los peces y las plantas, es la tierra que lo limita, las piedras quietas de sus bordes o las que fluyen con sus aguas, es el aviento que lo aviva, la quietud que lo duerme, el cielo que en él se refleja, la luz que nos permite verlo, el río son los ojos que lo atestiguan, es la piel del animal que siente su humedad, es la memoria, es la idea, es el sueño, es la pregunta.

La Tierra es un organismo vivo complejo, tan complejo como cada uno de sus integrantes: los micro-organismos, los macro-organismos, los seres inorgánicos; y funciona como un todo consciente. Si nos identificamos con sólo una parte, dejaremos de ver la perspectiva de las otras partes, por tanto obtendremos una visión relativa y limitada. El solo hecho de poder concebir el tener una visión desde infinitas perspectivas, desechando la antropocéntrica, ya nos coloca en posición ventajosa con respecto a la apertura de la percepción y la consciencia.

María Villares
www.mariavillares.com
Piedras Muchas, España. 13 de mayo de 2011


(1) Fritjof Capra, La Trama de la Vida. Cuarta parte: El alumbramiento de un mundo, Inmunología Cognitiva.
(2) Curiosamente, este diagrama tiene una gran similitud con el símbolo del caduceo de Hermes, y con el ADN. 

Otro dato interesante, recientemente un médico valenciano descubrió que el corazón es una banda helicoidal envuelta sobre sí misma.
(3) El poder del pensamiento abstracto nos ha conducido a tratar el entorno natural –la trama de la vida- como si estuviese formado por partes separadas, para ser explotadas por diferentes grupos de interés. Más aún, hemos extendido esta visión fragmentaria a nuestra sociedad humana, dividiéndola en distintas naciones, razas, religiones y grupos políticos. El convencimiento de que todos estos fragmentos –en nosotros mismos, en nuestro entorno y nuestra sociedad- están realmente separados, nos ha alienado de la naturaleza y de nuestros semejantes, disminuyéndonos lamentablemente. Para recuperar nuestra plena humanidad, debemos reconquistar nuestra experiencia de conectividad con la trama entera de la vida. Esta reconexión –religio en latin- es la esencia misma de la base espiritual de la ecología profunda.


Fritjof Capra La Trama de la Vida



(4) ποταμοις τοις αυτοις εμβαινομεν τε και ουκ εμβαινομεν, ειμεν τε και ουκ ειμεν τε. En el mismo río entramos y no entramos, pues somos y no somos [los mismos]. Heráclito de Éfeso

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