6/11/10

Vik Muniz:la realidad a través del juego


Ser “divertido” no es precisamente uno de los atributos del arte contemporáneo, especialmente del llamado “conceptual”, basado en ideas, guiños y mensajes que constituyen el punto medular y el objetivo último de este género de trabajo. Guste o no, en muchos casos, las propuestas conceptuales están dirigidas a una cierta “élite” de “entendidos” que se dan coba entre sí para presentar, comercializar y dizque “captar” la esencia y el significado de obras que requieren de un instructivo para su comprensión y disfrute, si es que esto se consigue. Con una banalidad que va en sentido opuesto al propósito de la creación artística como medio de comunicación del espíritu, en cierta medida se ha llegado inclusive al punto de condenar al arte que incita al goce y toca las fibras sensibles para provocar emociones a través de la belleza. La mala factura, la ausencia de rigor académico y la falta de ideas y propuestas originales son algunas de las características de las artes visuales de nuestro tiempo, creadas para un público pseudointelectual que va de listo sin serlo; para rematar, el mercado del arte hace sus cotizaciones en proporción directa a la inaccesibilidad del trabajo: diríase que entre más críptico y complicado, más preciado resulta para quienes consideran que tener acceso a esas formas elevadas del arte proporciona un status, tanto intelectual como social. 


De la serie Mónadas (detalle)

Autorretrato (detalle)
Nada más alejado a estas fanfarronerías que el trabajo de Vik Muniz (Sao Paulo, Brasil, 1961) ¿Cómo definir a este creador multidisciplinario que recurre a los experimentos más estrafalarios para la producción de asombrosos montajes, esculturas, intervenciones, dibujos y acciones realizados con toda suerte de materiales insospechados? Aunque las obras originales son destruidas tras ser registradas en imágenes fotográficas, tampoco se le puede clasificar solamente como fotógrafo. 

De la serie Niños de azúcar

Vic Muniz es, ante todo, un artista completo en el más amplio sentido del término. Con esto intento decir que su proceso creativo revela un profundo conocimiento de la historia del arte en general, del desempeño de las técnicas tradicionales y alternativas, así como del dominio de la composición, volumen y luminosidad; todo esto queda patente en la complejidad de sus montajes y en la alucinante gama de efectos visuales que consigue. Muniz nos deslumbra desde la elección de sus materiales que incluye jarabe de chocolate, crema de cacahuate, mermelada, azúcar, juguetes de plástico, diamantes, caviar, objetos de deshecho, hilos, tierras, entre muchos otros. Su obra se desarrolla en series temáticas –aquí se presentan veinticinco series, un total de 173 piezas– cuyo proceso creativo va íntimamente ligado al trasfondo filosófico. Las obsesiones del artista reverberan de una u otra manera a lo largo de todas las series, creando una red de analogías que entrevera forma, fondo y proceso en un sutilísimo tejido de trama estética y urdimbre conceptual. Pongamos como ejemplo la serie Consecuencias, inspirada en los niños de la calle de los suburbios de Sao Paulo, quienes conmovieron al artista por la precariedad de su condición. Muniz estableció una relación con un grupo de estos chicos que aceptaron ser fotografiados y luego utilizó estas imágenes como base para recrearlas sirviéndose de la basura que de ese barrió en las calles el día siguiente del Carnaval de Miércoles de Ceniza. Así, el material empleado evoca directamente el origen de los retratados, y la imagen emulada remite esencialmente –tanto en forma como en fondo– a la miseria y marginación que el autor buscó plasmar. 




La muestra es extensa y la variedad de propuestas, desbordante. Es una de esas raras exhibiciones que atrapan al visitante de principio a fin, y que despiertan en el observador aguzado una pléyade de sensaciones encontradas: risa, asombro, curiosidad, inquietud, reflexión, goce… Con ironía y un gran sentido del humor, Muniz homenajea a artistas y obras maestras de todos los tiempos, las parafrasea y las trasgrede, las recrea con tal ingenio y minuciosidad que el observador queda inmerso en sus recovecos haciendo sus propias interpretaciones y lecturas. La realidad y la ilusión, la permanencia y la transitoriedad, la representación y la abstracción, la idea y la metáfora, son algunas de las constantes que el brasileño desarrolla con un espíritu lúdico matizado por su incisivo ingenio, y en una actitud totalmente pop que remite a la célebre sentencia de Warhol: “Una copia de una copia siempre resulta ser un original.” 

Por: Germaine Gómez Haro 
Fuente: Jornada.unam.mx

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