9/9/10

«Figuras frente al espejo»


Pintura de Pablo Picasso
‑La historia de «figuras frente al espejo» ‑dijo­-. Cuéntamela de nuevo. Pero cuéntamela con todo el de­talle que puedas recordar. (...)

Años antes, cuando estudiaba escultura en una es­cuela de bellas artes en Italia, tenía un amigo íntimo, un escocés que estudiaba arte para prepararse para ser crítico de arte. Lo que me venía a la mente más vívidamente al recordarlo, y tenía que ver con la historia que contaba, era la idea tan rimbombante que tenía de él mismo; se creía erudito, artesano, lujurioso y libertino: un verda­dero hombre renacentista. Sí era libertino, pero lo luju­rioso era algo que estaba en total contradicción con su persona huesuda, seca y seria. Era un seguidor vicario del filósofo inglés Bertrand Russell y soñaba con aplicar los principios del positivismo lógico a la crítica del arte. El hecho de ser el escolar y artesano más completo era quizá su mayor fantasía porque siempre andaba con di­laciones; su némesis era el trabajo.

 

Su cuestionable especialización no era la crítica del arte, sino su conocimiento personal de todas las prostitutas de los burdeles locales, que abundaban. Las largas y descriptivas anécdotas que me daba (para tenerme, se­gún él, al tanto de las cosas maravillosas que hacía en el mundo de su especialización) eran un deleite. No me sorprendió entonces para nada, que un día llegara a mi apartamento, todo agitado, casi ahogándose, y me dijera que algo extraordinario le había ocurrido y quería com­partirlo conmigo.

‑Vamos, chico, esto lo tienes que ver por ti mismo ‑me dijo todo emocionado con el acento de Oxford que siempre afectaba cuando hablaba conmigo. Se pa­seaba por la habitación agitadamente‑. Es dificilísimo describirlo, pero vamos, es algo que vas a apreciar por toda tu vida. Caramba, la impresión, vamos, te va a que­dar para siempre. Comprendes, chico, te hago un rega­lo, un regalo maravilloso que te va a durar toda una vi­da. ¿Comprendes?
 

Lo que yo comprendía era que él era un escocés his­térico. Pero siempre me gustaba llevarle la coba y acom­pañarlo. Nunca lo había lamentado.
Pintura de Paul Delvaux
Pintura de Manet

‑Cálmate, cálmate, Eddie ‑dije‑. ¿Qué estás di­ciendo?

Me contó que había estado en un burdel donde había encontrado una mujer increíble que hacía algo insólito que ella llamaba: «Figuras ante un espejo». Me aseguró repetidas veces, casi tartamudeando, que no podía per­derme este acontecimiento.

‑Vamos, de la plata no te preocupes ‑dijo, sabiendo bien que yo nunca tenía‑. Ya te pagué la entrada. Sólo tienes que acompañarme. Madame Ludmila te va a mos­trar sus «Figuras ante un espejo». ¡Coño, qué mara­villa!

En un ataque de risa incontrolable, Eddie hasta mostró su mala dentadura, la cual normalmente encubría tras una sonrisa de labios apretados.
‑Te digo: ¡Coño, es increíble!

Mi curiosidad aumentaba minuto por minuto. Esta­ba más que dispuesto a participar en este nuevo deleite. Eddie me llevó en su coche a las afueras de la ciudad. Nos detuvimos delante de un edificio polvoriento y vie­jo; las paredes descascaradas. Tenía el aire de haber sido en algún momento, un hotel, y ahora era un edificio de apartamentos. Podía ver los restos de un anuncio de ho­tel que parecía haber sido arrancado a pedazos. En la fachada del edificio, había filas de sencillos balcones su­cios llenos de macetas o con alfombras puestas a secar, tiradas sobre las rejas.


En la entrada estaban dos hombres morenos, de as­pecto dudoso; llevaban zapatos negros y puntiagudos que parecían quedarles demasiado chicos. Recibieron a Eddie efusivamente. Tenían ojos negros, furtivos y ame­nazadores. Los dos llevaban trajes brillosos azul claro, que les venían demasiado entallados. Uno de ellos le abrió la puerta a Eddie. A mí, ni me miraron.


Subimos dos tramos de escaleras desvencijadas que en un tiempo habrían sido lujosas. Eddie iba adelante caminando a lo largo de un corredor vacío tipo hotel, con puertas en ambos lados. Todas las puertas estaban pintadas del mismo color verde oscuro aceitunado. Ca­da puerta llevaba un número de latón, oscurecido por el tiempo, casi invisible contra la madera pintada.

Eddie se detuvo delante de una de las puertas. Ob­servé el número 112. Tocó repetidas veces. La puerta se abrió y una mujer baja, redonda y de pelo oxigenado nos invitó a entrar sin pronunciar ni una palabra. Lleva­ba una bata roja de seda, con plumas en las anchas mangas y zapatillas adornadas con bolas de piel. Una vez que entramos a un pequeño corredor, y cerró ella la puerta, saludó a Eddie en un inglés de horrendo acento.

‑Helo, Eddie. Trajo amigo, ¿no?

Eddie le dio la mano, y luego muy galán, se la besó. Se comportaba como si estuviera totalmente tranqui­lo, sin embargo le notaba gestos inconscientes de ner­viosismo.

‑¿Cómo se encuentra hoy, Madame Ludmila? ‑le dijo, intentando hacerse el americano y arruinándolo.

Nunca descubrí por qué se hacía el americano cuan­do estaba haciendo negocios en esas casas de mala vida. Sospechaba que lo hacía porque los americanos corrían la fama de tener dinero, y así podía él establecerse con la fama de un americano rico.

Eddie se volvió hacia mí y dijo en su fingido acento americano:

‑Mira, chico; aquí te dejo en manos de esta mu­chacha.'


Me sonó tan falso, tan extraño a mis oídos, que me reí en voz alta. Madame Ludmila no parecía para nada perturbada al oír mi carcajada. Eddie volvió a besarle la mano y se fue.

‑¿Tú parlas englés, mi nene? ‑me gritó como si es­tuviera sordo‑. Te ves ejipto, o torco, quizás.

Le afirmé a Madame Ludmila que ni era ni lo uno ni lo otro y que sí hablaba inglés. Me preguntó luego si es­taba de humor para ver sus «figuras ante un espejo». No sabía qué decir. Moví mi cabeza afirmativamente.

‑Te dar bono spectácolo ‑me aseguró‑. «Figuras ante un espejo» es sólo excitar, preparar. Cuando estés caluroso, díceme que pare.

Desde el corredor donde estábamos, entramos en un cuarto siniestro y oscuro. Las ventanas estaban cubier­tas con pesadas cortinas. Había focos de bajo voltaje en unas lámparas que colgaban de la pared. Los focos te­nían forma de tubos y salían de la pared misma en án­gulo recto. Había un sinnúmero de objetos por todas partes; muebles pequeños con cajones, mesas y sillas an­tiguas; un escritorio de tapa redonda contra la pared, lleno hasta arriba de papeles, lápices, reglas y no menos de una docena de tijeras. Madame Ludmila me hizo sen­tar sobre una butaca vieja.

‑La cama en otra sala, amor ‑dijo apuntando al otro lado del cuarto‑. Ésta es mi antisala. Aquí, dar spectácolo, calor, presto.

Se quitó la bata roja, se quitó las zapatillas con una ligera patada y abrió las puertas dobles de dos armarios que estaban el uno junto al otro contra la pared. En cada puerta interior había un espejo de cuerpo entero.

‑Y alora, la música, nene ‑dijo Madame Ludmila, y le dio cuerda a una Vitrola que parecía nueva de lo bri­llosa que estaba. Puso un disco. La música era una melo­día hechizante que me recordaba a una marcha de circo­-. Y ahora, mi spectácolo ‑dijo, y empezó a dar vueltas al compás de la melodía hechizante.

La piel del cuerpo de Madame Ludmila era tersa en su mayor parte, y extraordinariamente blanca, aunque no era joven. Era una cuarentona de años plenos y bien vivi­dos. Tenía un poco de barriga y le colgaban sus pechos voluminosos. La piel de la cara también le colgaba en una papada. Tenía una nariz pequeña y labios rojos muy pin­tados. Llevaba muchísimo rímel negro. Me recordaba al prototipo de la prostituta envejecida. Sin embargo, tenía un aire de niña, un abandono y una confianza juvenil, una dulzura que me sacudía.

‑Y ahora: «Figuras ante un espejo» ‑anunció Ma­dame Ludmila mientras continuaba la música‑. ¡Pier­na, pierna, pierna! ‑dijo, dando una patada en el aire con una pierna y luego la otra al compás de la música.

Tenía la mano derecha encima de la cabeza como una niña que se siente insegura de hacer bien los movi­mientos.

‑¡Vuelta, vuelta, vuelta! ‑dijo dando de vueltas co­mo un trompo‑. ¡Culo, culo, culo! ‑dijo luego, mos­trándome su trasero desnudo como bailarina de cancán.

Repitió la secuencia una y otra vez hasta que la músi­ca empezó a perderse al acabársele la cuerda a la Vitrola. Tuve la sensación de que Madame Ludmila iba dando vueltas a la distancia, volviéndose más y más pequeña a medida que la música se perdía. Una desesperanza y una soledad cuya existencia no conocía en mí, salió a la super­ficie desde lo más profundo de mi ser y me impulsó a le­vantarme y salir corriendo del cuarto; a bajar las escaleras como un loco, a salir corriendo del edificio, a la calle.

Eddie estaba de pie junto a la puerta, conversando con los dos hombres de trajes azulclaro brillosos. Al verme correr así, empezó a reírse estrepitosamente.

‑Dime, muchacho, ¿no te pareció una bomba? ‑di­jo, todavía aparentando ser americano‑. «Figuras an­te un espejo es sólo excitación, preparar...» ¡Qué cosa! ¡Qué cosa!

La primera vez que le mencioné la historia a don Juan, le había dicho que me había afectado profunda­mente la melodía hechizante y la vieja prostituta dando vueltas torpemente al compás de la música. Y que tam­bién me había afectado darme cuenta de cuán insensible era mi amigo.

Cuando terminé de recontar mi historia a don Juan, sentados allí en las colinas de la cordillera de Sonora, es­taba temblando, misteriosamente afectado por algo indefinido.

‑Esa historia ‑dijo don Juan‑ debe estar en tu ál­bum de sucesos memorables. Tu amigo, sin tener ningu­na idea de lo que estaba haciendo, te dio, como él mismo dijo, algo que te va a durar toda una vida.

‑Yo la veo simplemente como una historia triste, don Juan, pero eso es todo ‑declaré.

‑Cierto, es una historia triste, igual que tus otras historias ‑contestó don Juan-, pero lo que la hace di­ferente y memorable es que nos afecta a cada uno de no­sotros como seres humanos, no sólo a ti, como en tus otros cuentos. ¿No ves? Como Madame Ludmila, cada uno de nosotros, joven o viejo, de una manera u otra, está haciendo figuras ante un espejo. Haz cuenta de lo que sabes de la gente. Piensa en cualquier ser humano sobre esta tierra, y sabrás sin duda alguna, que no im­porta quién sea, o lo que piensen de ellos mismos, o lo que hagan, el resultado de sus acciones es siempre el mismo: insensatas figuras ante un espejo.

Fragmento del libro: “El Lado Activo del Infinito“, de Carlos Castaneda.

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