23/1/10

Quetzalcoatl y el Andrógino

Por Rubén Lombida y Frank Díaz
Tomado de "Ensayos sobre la Naturaleza del Avatar"


En los últimos estudios relativos al pensamiento tolteca, se apunta a vindicar la figura de Quetzalcoatl, núcleo de la Toltequidad, como imagen arquetípica proveniente de la misma región de la conciencia humana de donde vienen sus homólogos en otras culturas. La imagen arquetípica, en este caso, es la del Mesías o Avatar, el fenómeno cíclico de la manifestación divina por medio de la encarnación en el cuerpo de un ser humano.

El presente artículo está dedicado a Quetzalcoatl, el Avatar por excelencia de las tierras americanas, examinando varios aspectos de su condición avatárica, en especial, la androginia. Para eso, empezaré refiriéndome brevemente al fenómeno avatárico en sus características más esenciales, para luego centrarme en la androginia como ejemplo de la condición avatárica de Quetzalcoatl.

El Avatar

La historia de las religiones está sujeta a la aparición de Avatares o Mesías que inician un nuevo paradigma religioso, desplazando o depurando los ya existentes, a fin de actualizar el camino del hombre a lo divino. En la generalidad de los casos, el Avatar es un ser humano que, en virtud de un esfuerzo personal trascendente, sintoniza a cabalidad la esencia energética y numinosa de nuestro género y se transforma, por tanto, en un vehículo carnal de lo Divino accesible al ser humano. A partir de ese momento y gradualmente, durante el proceso de avatarización, las circunstancias de su vida “normal” adquieren significados (anteriormente en estado germinal) que colindan, cada vez más, con lo mítico y lo arquetípico.

A medida que el individuo común encarna al Avatar, los hechos de su existencia personal se recombinan en un patrón de sentido que resuena con ciclos de cumplimiento cósmico que le confieren la condición de “elegido”, para canalizar lo divino en términos humanos. A su vez, el Mesías, al asumir la condición de “elegido”, se somete al empuje evolutivo que emana de la fuente de Todo, y el sentido de su viaje a lo divino se revierte, de tal suerte, que arriba a un umbral tras el cual lo numinoso avanza hacia él y lo inunda, anulando toda huella de su (anterior) existencia terrena.

En este punto se consuma la encarnación y el Mesías alcanza el estado de “hijo de dios”, semilla divina recién germinada que contiene, en el comprimido ser carnal que aparenta ser, todo el cúmulo de las posibilidades humanas. En tal condición, cada uno de los atributos que posee (nombres, historia, hechos) simbolizan y rastrean constantemente todo el conjunto de eventos cosmológicos y leyes universales que atañen al hombre y su entorno, en tanto organismo y como ser luminoso. Estos atributos, que van gradando y permutándose en varios niveles de abstracción, son en sí mismos claves para alcanzar los medios ocultos en la conciencia humana, para que cada hombre o mujer se transforme en émulo del Avatar.

El fenómeno avatárico es, pues, el alfa-omega de la aspiración religiosa, y el punto de partida y referencial para que el humano opte por trascenderse y alinearse con lo divino.

El Andrógino

Todas las religiones tuvieron como inicio la germinación avatárica en la figura de un individuo que, de manera parcial o total, encarnó la divinidad y se constituyó en guía para promover la fe en los otros. Los iniciadores de religiones (entendido el término religión como el sincero esfuerzo por la plenitud, y no la degradación de lo divino en términos profanos que caracteriza a sectas y religiones oficiales, que solo tratan con las alternativas humanas por medio de códigos morales, con poco o ningún respaldo en el impulso trasgresor y trascendente de nuestras posibilidades), tanto los conocidos como los desconocidos, fueron vectores del fenómeno avatárico y, como tal, ejemplo de la perfección como proceso de divinización progresiva.

Uno de los atributos que caracterizan al humano elevado a Mesías es la androginia. La doctrina del andrógino o hermafrodita afirma que el cuerpo físico del Avatar, de naturaleza masculina, es solo la mitad de su ser. La otra mitad, de naturaleza femenina, permanece oculta al ojo profano y sólo se hace patente a quienes, venciendo los retos de la iniciación mistérica, encarnan el proceso avatárico. Algunos historiadores de la religión intentan entender esta creencia como el producto de la observación que hicieron los antiguos del ocasional nacimiento de niños con doble sexualidad. Sin embargo, el mito del andrógino es de tal manera sugerente, y refleja de un modo tan fiel, no sólo la aspiración trascendental que nos caracteriza como humanos, sino también los pasos para encauzarla, que podemos considerarlo sin exageración la esencia del pensamiento religioso universal.

La androginia es el estado que define la transición hacia la Totalidad. Consiste en la reducción de lo diverso a una dualidad de dos polos opuestos que, finalmente, se completan en el Uno. El andrógino contiene en sí los principios polares masculino y femenino en una síntesis copular que es producto de haber llevado las fuerzas generativas (representadas por la energía sexual) más allá de su ordinario estado de esencia parcial que precisa de su opuesto para completarse.

Es en el ámbito sexual donde más se observan la restricción dual a que están sometidas las fuerzas generativas en su estado ordinario. Dos seres de sexo opuesto deben unirse para generar un tercero que, a su vez, también será de uno u otro sexo. De este modo, la anulación de la dualidad en lo uno es solo temporal, y siempre externa a los seres implicados. Por el contrario, el andrógino produce dentro de sí la unión bisexual que solo tiene a la unicidad como resultado.

El andrógino es un ser humano evolucionado que, para ser vector de la divinidad, sintetiza sus dualidades internas mediante una cópula alquímica que tiene como resultado un nuevo ser: él mismo. Este nuevo ser es la fusión de los dos reinos de percepción accesibles al hombre (lo conocido y lo desconocido) en un estado de conciencia única y global desde el que se alcanza todo lo que puede atestiguar el humano como especie. Otra definición de Mesías o Avatar sería, entonces, la de un ser que reduce todas sus fuerzas constituyentes a una polaridad que luego se expande a lo Uno, a la totalidad de sí mismo. Es cuando alcanza esa totalidad, que el Mesías consuma la manifestación de la Divinidad.

Los andróginos civilizadores

En algunas religiones, la creencia en la doble naturaleza del Avatar es directa. Por ejemplo, el mito griego habla de la búsqueda que realizó el Avatar Hermes de su media naranja, la cual sólo se completó cuando se fundió en un abrazo con Afrodita, la diosa del amor, alcanzando ambos, de ese modo, un nuevo estado de existencia llamado Hermafroditas.

En otras religiones, el hermafroditismo se enmascara tras diversas metáforas, ya que se le considera un acto de trasgresión a los dictados de la Naturaleza. Generalmente, el tema utilizado es el de la relación entre dos hermanos - con frecuencia gemelos - los cuales, al proceder de un mismo útero, son en esencia una sola persona. Uno de esos casos tiene lugar en el panteón egipcio, basado en el culto al Avatar Osiris y la virgen madre Isis. A fin de acentuar la íntima relación entre ambos, el mito no sólo los une en matrimonio, sino que también afirma que eran hermanos, creencia que dio origen a la institución matrimonial de los faraones.

En el mito cristiano, Isis se transforma en Isabel y, posteriormente, en María, la madre de Jesús. A fin de evitar el incesto con su propia madre (algo horrible para la mentalidad judía), la androginia se transfiere a Santiago, el gemelo de Jesús, mientras que la feminidad, como tema específico, se transfiere a Juan, su discípulo amado. Aún antes de que tomaran forma estas creencias, Jesús aludió al proceso en términos abstractos, al decir: "Se unirá el hombre a su mujer y ambos vendrán a ser una sola carne... Cuando seáis capaces de hacer de dos, uno, y de lo interior, lo exterior, y cuando consigáis unir lo masculino con lo femenino, de modo que el macho deje de serlo y la hembra también, entonces podréis entrar (al Reino)".

Las creencias de la India también bordean el tema andrógino, pues su Avatar, Krishna, se manifiesta en intima relación con una joven llamada Radha, conformando entre ambos el concepto teológico de Radakrishna. Cabe destacar que Radha no es la esposa oficial de Krishna, sino su amante; de este modo, la teología hindú sortea el escabroso asunto del incesto entre hermanos, al transferir la trasgresión implícita en el hermafroditismo a un tabú menos fuerte: la relación entre amantes clandestinos.

Otra aparición velada del mito andrógino tiene lugar en el budismo tibetano, basado en el doble pontificado del Dalai y el Trashi Lama. El primero representa la cara del budismo, su aspecto masculino, solar y exterior, razón por la cual se le conoce internacionalmente. El segundo, en cambio, permanece casi escondido, ejerciendo una autoridad exclusivamente espiritual. La doctrina budista asume en forma explícita la androginia de Buda a través de su advocación Avalokitesvara, el Señor de la Compasión, quien, en la tradición china, se transforma directamente en una deidad femenina, Kwan Yin,

La doctrina reaparece al otro lado del Pacífico, donde encontramos la historia del Avatar Manco Capac, quien civilizó los Andes con la ayuda de su esposa-hermana, Mama Ocllo. La leyenda cuenta que, al llegar a la llanura donde más tarde sería edificada la capital del imperio inca, Manco lanzó su bastón hacia la tierra, donde se clavó por entero; mediante este fálico gesto, supo que el lugar era fértil y apto para nutrir humanos, y lo llamo Cuzco, ombligo - una alusión fisiológica que no sólo indica la posición central de esta ciudad en el mundo andino, sino su carácter de conducto hacia la Pacha Mama o madre tierra.

En Mesoamérica aparecen dos versiones independientes y completas del mito hermafrodita. Una de ellas quedó descrita en el Popol Vuh, libro sagrado de los mayas quichés, donde se relata la historia de los gemelos Hunahpú e Ixbalanqué, cuyos nombres significan, respectivamente, cerbatana y ocelote hembra. Como es obvio, estos nombres tienen connotaciones sexuales; se trata de las personalidades masculina y femenina de un mismo ser, cuyas aventuras en el inframundo destronaron a los dioses de la muerte, creando las condiciones para que fuera posible la vida humana.

La segunda versión de este mito es la del príncipe de Tula, Ce Acatl Topiltzin, más conocido por su título de Quetzalcoatl, serpiente emplumada. Los documentos que se conservan contienen numerosos incidentes de su biografía, tanto histórica como mítica, a través de los cuales se transparenta el simbolismo andrógino con una claridad que no encontramos en ninguna otra creencia de la tierra. Es por ello que la historia de Ce Acatl merece un análisis particular.

La androginia de Quetzalcoatl

El mito de Quetzalcoatl es, por antonomasia (y literalmente), el paradigma del hombre elevado a la condición de Mesías. Tal condición está impresa en su mismo nombre, que designa la trasgresión de lo mundano y la síntesis polar propia del Mesías. Este título era otorgado en el México antiguo a la persona que asumía el reto de imitar al avatar Quetzalcoatl, al punto de transfigurarse en él. Veamos, entonces, las particularidades mesiánicas en general, y andróginas en particular, inherentes al mito de la Serpiente Emplumada.

¿Qué significa ese título? La asociación simbólica entre el reptil y el ave, lo que se arrastra y lo que vuela, es empleada en todo el mundo antiguo para señalar al Mesías. Representa la unión del Espíritu y la materia, de Dios y el hombre, del Alma y el cuerpo, de las fuerzas evolutivas y las involutivas, en fin, de toda dualidad, en un único Ser. Una unión que se constituye propiamente en un superesfuerzo redentor, pues permite que el reptil sublimado remonte el vuelo y se libere de sus limitaciones terrenas.

El término Coatl, serpiente, es una alusión gráfica a dos aspectos del ciclo: el estacionario, representado por los anillos anuales en la cola del reptil, y el cósmico, representado por el hecho de que este animal puede morderse la cola para completar un círculo perfecto. La iconografía muestra que la serpiente era asociada con un elemento al cual se le ha asignado tradicionalmente un carácter generador: el agua. La palabra Coatl procede de la raíz Cau, Cuau o Coa, que significa aquello que se yergue y extiende, de donde se colige claramente un sentido fálico que es enfatizado por el nombre de la hipóstasis humana de Quetzalcoatl, Acatl, caña.

Por su parte, la otra raíz del nombre, Quetzalli, no sólo contiene el sentido literal de mechón de plumas o cabellos (con lo cual ya contiene un elemento cíclico: la muda de los animales), y el metafórico de preciosidad, sino que también significa, en su apócope Quetza, la cópula de los animales, acepción que queda reforzada por su asociación con el nombre de la serpiente. Un sinónimo de Quetzalli, pronunciado Ihuitl, plumón, es el glifo empleado en los códices para representar específicamente el sexo femenino y la condición de madre.

Entre los mayas, este plumón, a veces substituido por un punto dentro de un glifo lunar representado en forma de matriz cerrada o entreabierta, tiene el significado jeroglífico de Ahau, señor solar o iniciado. Dicho signo ocupa la posición número veinte o final de la secuencia calendárica maya, posición que, entre los nahuas, es ocupada por el glifo Xochitl, flor; y Flor es precisamente uno de los nombres aplicados al Avatar mesoamericano. Como el plumón o el mechón de cabellos entre los animales, la flor evidencia en las plantas la madurez del órgano generador. De modo que el carácter generacional o periódico del nombre de Quetzalcoatl, resulta por demás obvio.

El creyente de habla nahuatl que escuchaba ese nombre, no sólo imaginaba en primera instancia un reptil acuático emplumado, sino, también, un híbrido precioso e imposible, bisexual, en acto de autofecundación y reproducción constante, equivalente al signo eurasiático del Ave Fénix. ¡Imposible diseñar una síntesis más gráfica de la Totalidad!

El elemento sexual implícito en el nombre divino es importante a la hora de comprender otros títulos de Quetzalcoatl, que reflejan sus múltiples facultades creadoras, como los fálicos Ce Acatl, uno caña, Topiltsin, respetable bastón, Yacatecuhtli, el puntero, y Tepoztecatl, el de la espada; o los yónicos Xochipilli, príncipe-princesa de las flores, Tecuciztecatl, el del caracol marino, Mayapiltontli, hijo del maguey, y Macuilxochitl, quinta flor. Pero también explica la generalidad de los títulos mesiánicos en las diferentes culturas de la tierra. De hecho, Quetzalcoatl es Venus-Afrodita, el astro que, en Eurasia, patrocina las relaciones eróticas y, en América, las guerras (extensiones sociales de la guerra primordial de los sexos).

Como se comprende, Quetzalcoatl no es otro que el andrógino ideal, el Señor de Venus, quien contiene y comparte en sí mismo los atributos del macho y la hembra místicos. Un ser, por tanto, en perpetua reproducción, encarnación del ciclo por excelencia – y no del ciclo abstracto de los cronólogos, sino de la periodicidad concreta, viva, de la generación de los seres. Un simbolismo que queda aludido, en ciertas esculturas, a través del emblema del corazón del sacrificado, trasladado a la zona ventral como un útero místico donde tiene lugar la gestación espiritual del género humano.

Este significado queda acentuado por otros simbolismos asociados a la Deidad; particularmente, por el nombre de Cipactli con que a veces se le designa. Cipactli es el primer signo de la veintena o ciclo prototípico de los mesoamericanos; por lo tanto, representa toda sucesión periódica. Puede demostrarse la relación etimológica de este nombre con el egipcio Sebek, el cocodrilo devorador de las estaciones; con el caldeo Sabac, representado como un dragón de siete cabezas; y con el semita Sabat, aplicado en un principio los hebreos a cualquier período cerrado de tiempo, y posteriormente a su ciclo principal, la semana. También el Jesús se aplicó a sí mismo un título similar al responder a sus detractores: "El Hijo del Hombre es Señor del Sabat."

La condición del andrógino se explicita en la iconografía mesoamericana a través del corazón sacrificado dispuesto a manera de útero, así como a través del caracol (emblema de las recurrencias de la existencia), del cual, en ocasiones, sale un ser caracterizado con los atributos un Quetzalcoatl. El caracol es un animal notable porque se fecunda y reproduce por sí mismo; su concha aparece, tanto en el arte indoamericano como en el europeo, en asociación con Venus, con los órganos generadores y con las ondas marinas que simbolizan el flujo del tiempo.

La leyenda de Nacxitl

Se alude al andrógino en dos episodios de la vida de Quetzalcoatl. El primero es el pecado de su representante terrestre, Ce Acatl Topiltzin Nacxitl, quien era el rey sacerdote de Tula. Cuentan las crónicas que, en cierta ocasión, Nacxitl fue embriagado por unos hechiceros; como resultado de ello, cedió a la tentación carnal e hizo que le trajeran a su hermana, Quetzalpetlatl, con la cual cohabitó y tuvo un hijo.

Tal como afirma un códice, esta ruptura de sus votos monásticos transformó a Nacxitl en emblema del pecado de todo el pueblo: "Ellos perdieron su inocencia en el pecado carnal de Nacxit, en el pecado de Nacxit y de sus compañeros" (Chilam Balam de Chumayel, Kahlay de la Conquista). Sin embargo, lo que desde la óptica de la moral social fue considerado como una violación de las normas que mantenían separados y fijos en sus roles al hombre y la mujer, en sentido místico fue considerado la condición necesaria para cierta fecundación espiritual, a través de la cual, Nacxitl se transformó, gracias a sus innumerables penitencias, en el Mesías de Mesoamérica. La idea subyacente en este mito es que la unificación sólo es posible a partir de un estado básico de separación, que se sublima gracias a la acumulación del merecimiento espiritual derivado de un sostenido intento de trascendencia.

El segundo episodio quetzalcoatliano que contienen claras alusiones bisexuales, es su descenso al inframundo en busca de los "huesos de los antepasados" (las propias semillas psicológicas y místicas de su condición como Avatar). Para ganar estos huesos, y a pedido de su doble impersonal, el Dios de los Muertos, el héroe tiene que "hacer resonar el caracol de viento cuatro veces". El cuatro no sólo era el número enfático entre los nahuas, sino que corresponde al número de orden de Nacxitl (cuyo nombre se traduce cuarto paso) como manifestación de Quetzalcoatl durante el Quinto Sol. Este caracol, equivalente de las flautas mágicas de Krishna y Orfeo, la cerbatana de Hunahpú, las flautas pánicas de Pan y Viracocha y las trompetas del Apocalipsis, representa al ducto del aliento en un sentido fisiológico y al vehículo humano del Ser Supremo en lectura teológica.

Al penetrar dentro del instrumento de viento en forma de abeja, el mito no sólo identifica al héroe con el gusano hermafrodita, sino que indica por qué vías simbólicas o literales puede este transformarse en un ser alado que, precisamente, se distingue por sacrificar su distinción sexual en aras de un trabajo. Xicoco, abejas, es el nombre del monte sagrado de Tula, vinculado a los ritos iniciáticos en los que seguramente participó el príncipe Ce Acatl, y emblema de los iniciados toltecas, apodados los "trabajadores de la oscuridad".

El resultado de esta penetración artificiosa de Quetzalcoatl en un objeto que le estaba vedado, es la incorporación de una esencia ósea (el hueso es en Mesoamérica símbolo de lo esencial o permanente dentro del ser humano) que le comunica mágicamente la sabiduría de los Culua, los grandes antepasados. El texto especifica claramente la condición extraterrena, asexuada o más bien intrasexuada o "venusina" de estos seres, pues añade: "Y estaban unidos, confundidos, los huesos del hombre y la mujer. Aun no habían sido separados" (Códice Chimalpopoca).

Este emblema binario significa que, así como la unificación de los principios generativos en un solo ser es anterior a la manifestación del Universo, y por tanto, atemporal, también Quetzalcoatl, como símbolo de integración, es primario, no sujeto a medida y, por ello, Señor del Tiempo - esa realidad de la que todo emana y a la que todo vuelve, en sí misma sencilla, incompuesta e increada.

La emergencia del nagual

Durante su inmersión en las entrañas de la tierra, Ce Acatl pierde su nombre humano y gana el de Xolotl, monstruo. Este nombre es muy particular, ya que deriva de la raíz nahuatl Xol, que significa resbalar, mezclar; lo cual nos indica que Xolotl representa la fusión de las polaridades y de cualquier particularidad, necesaria para penetrar en ese ámbito que, por su naturaleza, está vedado a la forma humana, donde descansan las causas arquetípicas de todo lo existente.

El binomio Xolotl-Quetzalcoatl es, en el plano divino, equivalente del que conforman en el plano humano Ce Acatl y su hermana Quetzalpetlatl. Aunque asexuado - o, más bien, precisamente por su condición asexual, pasiva -, Xolotl es el representante de la naturaleza femenina en el reino de lo numinoso, allí donde se sintetizan los cuatro elementos fundamentales en el vórtice de la creación. Es por ello que el vórtice, desarrollado en forma de glifo Ollin, movimiento circular, llegó a constituir su jeroglífico identificador.

Pero el mito de Xolotl no sólo pretendía explicar el modo como llegamos a existir en el tiempo del origen, sino que también tenía una dimensión inmediata, práctica, representada en la vida cotidiana por el espacio de los sueños. Los mesoamericanos fueron, quizás, el pueblo de la antigüedad que más atención le prestó a los sueños, desarrollando su interpretación como una disciplina con nombre propio, de la cual existían especialistas e incluso manuales. Consideraban al ámbito del sueño como nuestro inframundo particular, a las visiones que allí tenemos, como manifestaciones de los poderes divinos o infernales, y al acto de dormir, como una actualización particular de la épica de Quetzalcoatl. Por supuesto, en esta visión, Xolotl es el sujeto de las experiencias cuando uno está dormido.

El nombre técnico de Xolotl como patrón del sueño era Nahualli, nagual. De ahí que otro de los títulos aplicados a Quetzalcoatl - esta vez como triunfador en la batalla de la síntesis de las polaridades -, fuese Nahualpiltzintli, el príncipe de las transformaciones. Nahualli significa, etimológicamente, duplicado. La creencia en el nagual es la causa por la cual, la lengua nawatl llama al ser humano Tlakatl, mitad. La idea era que, sólo a través de una duplicación, la mitad que somos puede llegar a realizarse en el Uno, que es el fin propuesto por la metáfora del andrógino.

A través del nagual, la androginia se sale del campo de la teología y el mito, y se transforma en una posibilidad al alcance de la persona común y corriente. El retorno de Xolotl a la superficie de la tierra, luego de haber derrotado al Dios de los Muertos, arrebatándole el secreto de la vida eterna, prefigura la emergencia del nagual en nuestra vida personal, luego de la victoria en la guerra contra el sueño. El Avatar abandona su nicho divino y recobra en uno mismo su dimensión humana, transformando su dualidad en modelo de un proceso de conciencia que podemos emprender, a fin de llevar nuestra existencia hasta su natural completamiento.

La mujer serpiente

Una consecuencia de estas creencias, fue el desarrollo en Mesoamérica de una institución social de enorme importancia y específicamente andrógina: la del doble patronazgo religioso. En otras culturas hubo experiencias similares; baste recordar las instituciones egipcia e inca de los reyes hermanos y la regencia dual de los lamas en el budismo tibetano. En el caso de Mesoamérica, lo particular es que la más alta dignidad religiosa cayó en manos de una mujer que, por causa de su nivel jerárquico e iniciático, fue llamada Cihuacoatl o Coacihuatl, mujer serpiente.

Cihuacoatl no es un nombre propio, sino un título de la diosa Quilaztli, verdura, quien es la antropomorfización de la Naturaleza. Quilaztli-Cihuacoatl es el lado femenino de Quetzalcoatl, encargado de suministrarnos el alimento físico y espiritual; por tal razón, también se le conoce como Tonacacihuatl, señora de nuestro sustento. Al aplicar este nombre a la persona que representaba a la comunidad de creyentes ante los dioses, aquella sociedad reconocía que, en el fenómeno religioso, se mezclan dos elementos polares, uno masculino, constituido por los ritos, dogmas, jerarquías y costumbres, y otro femenino o "nagual", constituido por la enseñanza profunda, liberadora, fin último de todo esfuerzo espiritual.

En la época final de los mexicas (un pueblo tremendamente machista), a partir de una reforma que hizo el general Tlahcahelel, la dignidad de la Cihuacoatl recayó sobre un varón; pero este sacerdote estaba obligado a vestir de mujer y a hablar y comportarse como tal (lo cual dio origen al mito español de que los líderes religiosos de Mesoamérica eran sodomitas), lo cual delata el origen literalmente andrógina de la institución. Una prueba de ello es la respuesta que dio cierta Cihuacoatl a los líderes mexicas, durante la época de la peregrinación, en la cual se califica a sí misma como una mujer: "Sabed que soy mujer de valor y esfuerzo. Y, aunque me conocéis por mi nombre ordinario, que es Quilaztli, sabed que soy tan valerosa, que tengo otros cuatro nombres con los que se reconoce mi poder: Cohuacihuatl, mujer culebra, Cuauhcihuatl, mujer águila, Yaocihuatl, mujer guerrera, y Tzitzimicihuatl, mujer infernal" (De la Serna, Tratado de las Supersticiones).

Pero la Cihuacoatl no actuaba sola pues esto, lejos de ser una expresión del equilibrio entre sexos, lo habría sido de feminismo. Los cronistas de Indias reportaron que, junto a ella, también regía un sacerdote masculino llamado Quetzalcoatl. Ambos tenían su sede en la ciudad de Cholula y su influencia llegaba a todo el país.

Las funciones del Quetzalcoatl y la Cihuacoatl se deducen a partir del análisis de sus otros títulos. Él recibía el apodo de Topiltzin Tlachiach Tizacosque, nuestro señor de la tierra amarilla y el lado frontal (del cuerpo), mientras que ella era llamada Tonantzin Aquiach Amapane, nuestra madre de los canales del agua y el lado dorsal (del cuerpo). Cabe destacar que los sentidos frontal y dorsal del cuerpo humano estaban (y aún están) relacionados, en la cosmovisión mesoamericana, con los sexos masculino y femenino, respectivamente. Pero, más revelador aún, el frente del cuerpo representa lo evidente, externo y superficial, mientras que el dorso se lo invisible, interno y esencial. En consecuencia, el monje varón estaba encargado de la conducción de los asuntos públicos de la religión, mientras que la mujer era consultada en cuestiones de naturaleza esotérica.

Un cronista asegura que la regencia de ambos monjes se extendía durante los 52 años del ciclo del Fuego Nuevo, siendo sustituidos provisionalmente por sus primeros ministros, si morían antes de ese lapso; lo cual nos dice que ambos, en su conjunto, eran la encarnación de la fuerza cíclica creadora del Universo, y que de ninguna manera se esperaba que actuaran en forma independiente o contradictoria.

Obviamente, esta institución fue diseñada para balancear las atribuciones políticas y religiosas propias del pontífice supremo de una gran fe - como era la tolteca -, ya que hubiera sido peligrosos depositar ambas en una sola persona, sobre todo, si ello necesariamente implicaba suprimir a uno de los géneros en la ecuación del poder. Esto refleja el equilibrio inherente a la propuesta civilizadora mesoamericana; pero, más allá de su utilidad práctica, demuestra que la institución del Quetzalcoatl y la Cihuacoatl tenía una cualidad moralizadora, al exponer al creyente, en una forma sencilla y clara, la naturaleza andrógina del Ser Supremo y la necesidad de encarnar esa naturaleza a través de la síntesis de nuestras polaridades.

Conclusión

Como hemos visto, el balance de los sexos es un principio fundamental de las propuestas religiosas en toda la tierra, que se transparenta en forma más o menos clara a través de los mitos de cada pueblo. Los símbolos de ese balance esconden, no sólo una explicación del mundo, sino una propuesta de acción que afecta a la vida presente y futura del creyente, cuyo pivote es el mito avatárico. En la medida en que una fe consigue mantener vigente ese balance, se aproxima al ideal hermafrodita encarnado por el Avatar; por el contrario, cuando ese balance es perturbado, el Avatar pierde su dimensión humana y, con ello, su carisma y poder renovador.

Les creencias de los mesoamericanos reconocieron plenamente la naturaleza dual del Avatar, que expresaron a través del nombre de Quetzalcoatl. Con todas sus connotaciones simbólicas - a la que sumamos ahora la androginia - y sus implicaciones esotéricas y sociales, ese nombre es la más perfecta prueba de la inserción del Maestro indoamericano en el contexto universal del culto avatárico.

Bookmark and Share

1 comentario:

  1. quien mira, no ha abierto los ojos aún

    quien mira y siente, abre los ojos y ve

    gracias por esta introducción transversal y cíclica al tema del oscuro, profundo deseo por humanizar lo absoluto que simboliza lo andrógino

    ResponderEliminar

Comparte comentarios interesantes, que aporten conocimiento a los demás. Muchas gracias!

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Enlaces a otros blogs: