24/2/09

Nieve en La Habana

La nieve venía del árbol. Eran sutiles copos de pelusa que se enredaban en tu pelo, jugaban en tu nariz haciéndote estornudar y luego terminaban cayendo sobre la tierra, sobre las aceras, sobre los balcones, incluso sobre el mar, con el vital aliento de buscar donde sembrarse. Era la Ceiba, el árbol más sabio, allí donde habían traído los africanos a vivir su Espíritu Iroko Oko, conectado por la tierra a las raíces del mítico Baobab. A sus pies depositaban los fieles sus ofrendas, como también sus ruegos, sus deseos de volar y sus anhelos de protección. En su tronco, los pequeñísimos duendes colgaban sus sombreros picudos, que parecían espinas que le nacieran, pero no pinchaban, era solamente para despistar, para parecer que tenía que estar al acecho del peligro, como si su poder fuera vulnerable. Pero todos sabían que el que intentara dañar una Ceiba, ya bien tendría a qué atenerse. Porque matando la Ceiba, dejas al Espíritu sin casa, y estando el Espíritu errante sería imposible no vivir en la desdicha.
Conozco un barrio con el nombre de una santa, allá en la periferia de la ciudad caribeña, donde la última calle se acababa justo en el tronco monumental de una Ceiba. Había nacido allí cientos de años antes de que llegara ese rio sinuoso de asfalto. Dicen que no pudieron seguir construyendo el camino porque tendrían que cortar la Ceiba, y nadie se atrevía, ni el más descreído conductor de alguna de esas máquinas que con una inmensa garra arranca árboles de raíz. La Ceiba estaba allí, en el centro de la calle, impidiendo que el concreto siguiera engullendo el campo.
Y bajo la dulzona brisa del verano, esparcía sus semillas que ascendían por sobre las casas, gráciles pelusillas que asemejaban la nieve, haciéndote respirar hondamente un perfume entremezclado de misterio y esperanza.

Este es un pequeño relato que pertenece a un libro en preparación que tiene como título provisional "Relatos Inesperados" y son historias que me llegan por el hilo inquebrantable de la memoria, desde las raíces que tengo respirando allí, en esa isla de Cuba, al otro lado del charco...
María Villares

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