15/11/08

A Raul Herrera, por aquellos vuelos nutritivos....

Caminábamos hacia los pastizales aledaños al Rincón. Un charco a un lado del camino reflejaba un cielo con gordas nubes grises, sin embargo sobre nosotros había un azul despejado. Traspasamos una alambrada por debajo de los cables de púas, cuidando de no engancharnos la ropa, y empezamos a mirar con detenimiento entre la hierba. Encontramos algunos honguitos pequeños que fuimos comiendo mientras encontrábamos cada vez más y más grandes, hasta llegar a una pradera encantada llena de setas dorado-violáceas enormes como platos. Yo ya estaba en pleno vuelo, admirando los millares de colores iridiscentes que componían cada color dentro de cada mínima forma que se dividía en tantas otras y al final conformaba cada parte del entorno maravilloso que se abría ante mi liberada percepción. De pronto empezó a llover, era un copioso chaparrón compuesto de redondas y brillantes gotas de agua que caían sobre la yerba cubriendo cada brizna de un vestido de cristal de agua luminosa. Yo de un salto salí corriendo y en cada paso mis pies se hundían en aquel verde brillante donde blandas puntas de cristal cedían ante mi correr alborotado que provocaba olas de agua en todas direcciones. Aquella pradera parecía no terminar, y el agua era tan densa que creaba pantallas alrededor mío impidiéndome ver un final. Pasé por al lado de un árbol donde un hombre desnudo fundía su cuerpo con el tronco del árbol, tomando el color, la textura, la orgánica forma redondeada que se enraíza por los pies y se ramifica desde las manos. Era una danza de movimiento estático, brillante debido a la lluvia que caía por el tronco-hombre como una cascada. Parecía como si lloviera más debajo del árbol que fuera de él, así que ni por un momento pensé en refugiarme allí, sino que seguí mi carrera. Traspasé la cerca por donde habíamos entrado, que no parecía para nada la misma pues los alambres de abajo estaban tan pegados a la tierra que no pude traspasarla por debajo sino que tuve que saltar por arriba. Luego llegué al camino que mediaba entre los diferentes pastizales, y volví a encontrarme con el charco, pero esta vez reflejaba un cielo clarísimo y azul mientras que sobre mí planeaban unas gigantescas nubes grises soltando intermitentes chorros de agua por doquier.
Al llegar al Rincón, estaba empapada de pies a cabeza. Las botas sonaban pluaff, pluaff, esparciendo agua sobre el camino de piedras que conducía a la Iglesia. Me senté en el quicio de la entrada, resguardada bajo el pórtico, y me abracé a mis rodillas, aterida de frío y totalmente desorientada. En la esquina derecha de la entrada había una viejecilla de pelo gris y dientes verde-amarillos que farfullaba con un raro sonido agudo como si fuera un pajarillo hablando con otro desde muy cerca, en una lengua inentendible para los humanos. Cada vez que pasaba una persona, aclaraba la voz y decía: “Una monedita, por favor”, y lo mismo si le daban algo como si no, proseguía a seguir parloteando bajito en su rara lengua de pájaro. Por un instante me crucé con su mirada, que tenía matices violetas, y le hice la pregunta que me estaba hace rato haciendo a mí misma, debido a que no recordaba cómo había llegado aquí desde algún distante sitio: “¿Dónde dormirás hoy?”. Ella me respondió sin dudar: “Donde me coja la noche” y siguió hablando en esa extraña lengua como mirando al vacío. A mí me entró una tristeza profunda al corroborar que ese ser sabía más dónde estaba y qué haría con su vida que yo. Para colmo se levantó resueltamente en pocos minutos –que para mí fueron siglos- al ver que había parado de llover, y se dirigió hacia una parada de autobuses que entonces divisé en la distancia. No sé por qué pensé que eso era una señal, que quizá debía seguirla para saber de dónde había venido yo. Ya en la parada me senté, temblando de frío, en la otra punta del banco, y vi con una envidia inenarrable cómo aquella viejecita vagabunda sacaba de su saco gris un flamante jersey rosa y se lo ponía con toda parsimonia antes de subirse al autobús, que parecía haberse detenido sólo para recogerla a ella y a su saco. Yo quedé boquiabierta, más perdida que nunca, observando cómo se alejaba el vehículo, sentada en aquel banco húmedo.
Entonces se retiraron poco a poco las nubes y bajo los primeros rayos que recorrieron todo el cielo hasta llegar al camino, apareció el hombrecito que había venido conmigo, acarreando una mochila llena de setas gigantes, silbando al ritmo del bamboleo de sus caderas, y sonriéndome.

12/11/08

Dibujos de María Villares



Ver más en la web: www.mariavillares.com

Imágenes de la Habana después del ciclón Ike






tomadas del blog de Lia

Relatos del ensueño

MENSAJE




Yo era cantante de una orquesta y andábamos de gira. De pronto estamos cruzando una calle de doble dirección, con mucho stress, todo muy aprisa, automóviles viniendo por ambos lados. Ellos cruzan primero la calle y yo me quedo de pie en el borde de la acera, esperando mi oportunidad. Entonces veo a un “mendigo”, un hombre sentado en el suelo en actitud de espera parsimoniosa. Está situado en un lugar iluminado y protegido, vendiendo unos curiosos objetos brillantes que al mirarlos con detenimiento resultaban ser portavelas de alambre.
Me acerco a él atraída por su rostro y para ver de cerca los objetos que vende, y el hombre me dirige la palabra como respondiendo a mis pensamientos:
“No te preocupes. Déjalos a ellos que corran. Al final del camino tú llegarás intacta.” Espacio de silencio. “Pero igual te digo que yo he visitado muchas veces los ‘Archivos del Querer’ y cada vez están más llenos.” Al decir esto el hombre desparece dejando un espacio de suelo desnudo.

poema de Oscar Kessel, del libro "A la manera de Tiresias"

Una casa de la calle Lealtad.



La casa ahora es quebradura del azogue
pátina amarillenta tras el polen
de las rejas toledanas
en el dormido ulular de la Habana Profunda.

Por entonces las noticias en la ciudad
esparcían un rumor sedicioso.
Te asomabas a las calles y encontrabas
agónicos los signos: La Gran Doncella Roja
se sangraba las venas Disponía
su holocausto para fin de milenio.

No podíamos saberlo. Preferíamos
el lirismo de Tarkovski, Vagar
el territorio claroscuro que sugestivo
nos dejaban los objetos japoneses
trasegados por Tania - la impronta de Casal, igual nostalgia-
antes de su afición por el soliviantar
las subversiones que son objetos
de colección difícil.


Aquí se amó Se conspiró
se adoraron falsos ídolos
y luego se abdicó
mientras los perros
ladraban a la sombra de los biombos
de jade y de marfil.

Escuchábamos a veces
el clamor de los muertos
que acallábamos
con vapores de sándalo y cannabis
fragmentos de Artaud y “ Escaleras al cielo”.

La casa es hoy un arcón palpitante
dédalo de nostalgias farfulladas
por el estertor de la Habana Profunda.
Tal vez la Historia se escurrió a otra calle
para aceitar su lámpara
pero allí dejé olvidada a una muchacha punitiva
y otra también,
que era tórrida y blonda
más inefable aún.

Por las noches deambulábamos la ciudad
obsedidos por la agonía de un insecto rojo
crisálida de la alta madrugada
que con sus polvos
nos marcaba las frentes.



Esta es la visión kesseliana de aquella casa en la calle Lealtad donde compartimos tantas cosas...mientras mi madre Tania estaba en Manto Negro.

Y esto es un poema mío, también de aquel tiempo pasado allí.
Liudmila Velazco, Alexis González Días de Villegas,Alcibiades, Kenji Alberto Lozano, Rodolfo Herrero, Ariel, Camila López, El Chen, Mayra,y tantos más...

Lealtad 365

Los grandes cirios no saben de esta casa,
templo del camino;
de fantasmas que rigen el encuentro y el desencuentro.
Aquí confluyeron viajeros inexplicables,
presencias que han quedado grabadas en las paredes
sin rostros definidos.
Ellas son las imágenes que se invocan a media luz:
los puentes.
Algunas veces la noche
desenterró los pies del agua
y la campana del silencio
anunció la danza más aclamada:
el amor que salva.
Afuera, los gritos de la costumbre,
como piedras tiradas contra una impenetrable fachada,
hacen ruido como de hombres ciegos
agolpándose con pasos equívocos.
La ley,
que nunca se ha comprendido bien a sí misma,
da vueltas, merodea, duda, calla.
tiene miedo de las puertas que se abren y cierran
al sólo batir del viento.
Mientras,
siguen las sombras en sus idas y llegadas.
Visitaciones:
elixir para los muertos que quieren cantar.
Aquí la oscuridad no será una derrota
si traes tu lámpara.

6/11/08

Foto hablada

Fotografía de María Villares
Se borrarán las pisadas en la arena cuando de noche sea, cuando la hinchada luna atraiga hacia sí el agua, y entre el viento y el mar una danza de equilibrios rehaga el universo desde el sueño.
Alguien, también, sabrá escuchar aún de las sirenas esa embriagadora letanía que nos llama a sumergirnos, a olvidar la meta y el designio.
La roca, dicen, seguirá aquí cuando seamos lo ido. La roca, dicen que está fija, imperturbable. Mas, yo leo en sus dibujos una historia convulsa de fuego lamiendo precipicios, de agua abrumadora pulsando la plasticidad de su carne. y ninguna línea indica que esa historia haya cesado. mas bien espera, lenta en sus dominios, el decursar del devenir incierto y acechante.
Hay piedras rojas, como de sangre endurecida, hierro de los años, acariciadas por algas verdes suavecitas como la cabellera de un infante. Y entre ellas el negro chillante del erizo. Y más allá, en un charquito empozado de la última marea alta, el colorido pez muerto por el arpón sin alma.
Todo son retratos de una playa y un instante donde alguna vez estuve.

María Villares
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